Asistí a uno de los últimos conciertos de Paco de Lucía. Fue en el Festival de la Luna Mora, en Guaro. En un ambiente de complicidad, y mientras calentaba las cuerdas de su guitarra, alguien del público gritó ¡No te pongas nervioso, Paco! A lo que el genio de Algeciras respondió Súbete tú aquí arriba, a ver cómo te pones.

Bromas aparte, el concierto fue todo un espectáculo, si bien yo, fan de Paco desde muy joven, esperaba el torrente de punteos, trémolos y demás florituras que copaban mis casetes de niño. Pero no. Se notaba que era un guitarrista más maduro y ya no buscaba tanto deslumbrar como conmover. Y, como buen artista, sorprender, enseñar algo nuevo. Eso siempre.
Cuento esto porque a día de hoy, y gracias a Paco, podemos asociar tanto innovación como tradición a una profesión como la de flamenco. Y, sobre todo, identificar claramente cuándo el flamenco está anquilosado y cuándo se ha empañado del «flamenqueo» con el que se podrían etiquetar determinadas propuestas musicales.
Un falso dilema
En el ámbito educativo, si bien tenemos muchos Pacos y Pacas de Lucía, encontramos discursos que parecen no querer encajar innovación y tradición dentro de un mismo compás. O eres innovador o eres tradicional. O nadie te escucha o lo que se escucha no tiene sentido. Como si no pudieses ser innovador con la tiza o riguroso con un juego. Como si ambos no buscasen enseñar algo nuevo. Sorprender.
Para desenmarañar este asunto podemos centrarnos en aquellas prácticas con evidencias de mejora sobre el aprendizaje, como el aprendizaje activo o la evaluación formativa. ¿Están estas desligadas de la explicación en clase? ¿Y de metodologías que podríamos denominar innovadoras, como el aprendizaje basado en juegos (ABJ)? Y, sobre todo, ¿no hay convivencia posible entre tradición e innovación?
Yo diría que sí la hay, y la fortaleza de esa convivencia dependerá de cuál sea nuestra finalidad, cómo diseñemos las actividades y cómo participen los alumnos.
Exposición y participación
En el aprendizaje activo, el alumno no se limita a escuchar. También resuelve, discute, pregunta y aplica. Nada de esto resulta ajeno al desarrollo normal de una clase.
Una clase expositiva puede ser por tanto compatible con el aprendizaje activo. Podemos introducir un marco teórico, modelar procedimientos, conectar ideas y, a continuación, plantear preguntas, discutir con los alumnos y hacer una puesta en común. Exposición y participación.

Igualmente, podemos recurrir a florituras para captar la atención del público, como hacía Paco. Conectar los contenidos con centros de interés, dotarlos de cierta estética e, incluso, sumergirlos en un ambiente lúdico.
Bastaría una tiza para conectar tradición e innovación y ponerlas al servicio del aprendizaje. La clave estará en que nuestra propuesta tenga sentido y nos aleje del «flamenqueo», a la vez que promueva espacios de participación para todos.
Aprendizaje activo no significa ausencia de explicación. Innovar no significa perder sentido.
Explicar, escuchar, decidir

En clase, explicamos, preguntamos, escuchamos, analizamos y decidimos si continuar explicando. O jugando. Nos movemos entre las mesas, pedimos a los alumnos que justifiquen cada una de sus acciones en el juego, planteamos distintas alternativas y dirigimos las estrategias hacia los objetivos de aprendizaje.
La evaluación formativa también es una práctica alineada con el desarrollo normal de una clase, sea esta más tradicional al comienzo y más innovadora después. O al revés.
En un mismo compás
En definitiva, no se trata de una elección. Innovamos para no anquilosarnos y conservamos lo que funciona para no perder el sentido. Tradición e innovación en un mismo compás. El mismo que seguimos todos los días en clase.
Lecturas
Recuento de aperturas del artículo, sin servicios externos de analítica.
